sábado, 5 de marzo de 2011

La dieta 'dura' que transformó a los caballos


Fuente: www.elmundo.es
Por: Rosa M. Tristán | Madrid

El primer diente fósil de un caballo lo encontró Charles Darwin en su periplo a bordo del Beagle, allá por 1840. Ahora, 150 años después, un grupo de investigadores ha descubierto, gracias al estudio de las piezas dentales de 6.500 equinos prehistóricos, el proceso de su selección natural.

A tenor de sus conclusiones, ha sido una evolución lenta, pero concentrada en periodos de tiempo relativamente cortos y siempre posteriores a los cambios que se producían en el entorno y en su dieta.

El trabajo, que se publica esta semana en la revista Science, prueba, de esta forma, que "somos lo que comemos", como ya aventuró el sabio británico, pero también que puede pasar un largo periodo de tiempo, hasta un millón de años, desde que un cambio en la alimentación acaba por transformar un organismo.

Los investigadores, entre los que se encuentra Florent Rivals, del Instituto Catalán de Paleoecología Humana y Evolución Social (IPHES), eligieron los caballos porque es la especie de la que hay más fósiles en el Museo de Historia Natural de América.

En sus depósitos se acumulan más de 100.000 restos, que abarcan desde su origen, hace unos 55 millones de años, hasta hace 10 milenios, justo cuando desaparecieron a ese lado del Atlántico. En total, 70 especies extintas de 222 poblaciones diferentes.

Desgaste dental

Comparando la morfología dental de todas ellas, así como el desgaste que habían sufrido las piezas en la masticación, observaron que había correlación entre los cambios climáticos y los de los caballos. En su origen, como su ecosistema era una selva tropical, los molares tenían una corona corta, adaptada a una alimentación de frutas y hojas blandas, poco abrasiva.

Hace unos 45 millones de años, la selva desapareció y dio paso a un bosque templado, en el que la vegetación era más dura. Entonces, la selección natural favoreció a los caballos que nacían con sus muelas más altas y complejas.

La última gran transformación tuvo lugar hace unos 18 millones de años, después de que los bosques se convirtieran en praderas de gramíneas, cuando triunfa una dentición muy parecida a la actual, con muelas muy altas. "Lo que se observa", explica Rivals, "es que la selección natural se producía de repente, cuando estaba disponible una alimentación que favorecía a quienes tenían una mutación determinada que era ventajosa y se transmitió a las generaciones siguientes".

En definitiva, se ha probado lo que en su día aventuraba Darwin en su famosa Teoría: "Existen organismos que se reproducen y la progenie hereda características de sus progenitores... Aquellos miembros de la población con características menos adaptadas (según lo determine su medio ambiente) morirán con mayor probabilidad. Y aquellos miembros con características mejor adaptadas sobrevivirán más probablemente".

Saltos evolutivos

Pero el trabajo no se queda ahí. Además, se ha logrado determinar que esta adaptación, aunque era rápida en el tiempo, no era inmediata, sino que los cambios tuvieron lugar un millón de años después que los de la dieta. "El mismo proceso se puede extrapolar a otras especies: una evolución a saltos que tarda en aparecer tras el cambio en el entorno, pero siempre es posterior, lo que prueba la hipótesis de la selección natural", apunta el investigador del IPHES.

Fue su colega Nikos Solounias, del Colegio de Osteopatía Médica de Nueva York, quien ayudó a desarrollar la metodología de estudio del desgaste dental que les ha permitido reconstruir las abrasiones de la muelas en función de la dieta, modelo que aplicaron a millares de piezas y luego contrastaron con los cambios climáticos en América.

Para la paleontóloga del CSIC María Teresa Alberdi, experta en caballos prehistóricos, se trata de un trabajo interesante. "Los caballos son un patrón básico para estudiar la evolución. Puede que haya habido saltos bruscos en la evolución, aunque en ocasiones estas conclusiones se deben a que en el registro fósil no están registrados todos los momentos en los restos", señala.

Sin embargo, Rivals asegura que en la historia de los caballos americanos no hay agujeros sin rellenar, pese a que su pasado es muy remoto, algo que no ocurre con otras especies. "Por ello los paleontólogos podemos tener una visión a largo plazo de la que carecen los biólogos". Ahora, el equipo trabaja con los camélidos y una especie primitiva de cabra antílope: los pronghorn.

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