Caballos y balnearios


Llena de gente en el pasado, la Puszta húngara asombra por su belleza vacía

Fuente: elviajero.elpais.com
Por: José Luis de Juan

Galopar en un espacio sin límites es lo que nos llevó a la gran llanura húngara. Por eso salimos de Budapest en dirección este en busca de caballos hasta cruzarnos con el río Tisza. Allí entramos en contacto con la estepa magiar, a la que se le da los nombres de Alfold y Puszta. Un vasto territorio que ocupa la mitad de la actual Hungría, pero que en tiempos del imperio austro-húngaro incluía parte de Rumanía y Serbia, siendo su mayor granero, así como el hogar de cientos de miles de siervos. ¿Quién no ha oído hablar de los caballos nonios y sus intrépidos jinetes, los csikós, manejando con consumado arte ecuestre las manadas de la Puszta? Lo que no es tan conocido es que la llanura tiene otros atractivos además de un buen galope: ciudades con tradición y atmósfera, como Kecskemét, Debrecen y Szeged; bellos lagos y parques naturales, y unos soberbios balnearios que nada tienen que envidiar a los mejores de Budapest.

Hacia 1800 había en Hungría un millón y medio de caballos. Hasta la guerra de 1914, los equinos húngaros eran considerados los mejores del mundo tras los ingleses y franceses. La gran llanura hervía de cocheros, herreros, carreteros, curtidores; los mozos de cuadra dormían sobre la misma paja que los caballos y sus vidas valían menos que las de ellos. Gyula Illyés nos da una idea de esas vidas en Gente de las pusztas. Administradores y señores montaban animales magníficos, de un negro intenso o de un pardo lustroso. Si era verano en la región de Hortobágy, digamos agosto, cualquier galope tenía por dirección el encendido horizonte. Las franjas de los maizales, las espigas de centeno y trigo anclaban la llanura a la tierra, impidiendo que levitase. Aquí y allá las cigüeñas patrullaban los campos de rastrojos, las grullas desfilaban en el cielo chillando y bueyes obesos de largos cuernos se bañaban en lodazales. Por todas partes una naturaleza sin árboles ni apenas puntos de referencia, salvo las pértigas de los pozos señalando el agua. La luz difusa, cegadora, apenas arrojaba sombras, acaso la del jinete y la efigie grácil de su montura enmarcados por las acacias, el juncar, el lejano campanario. En estos parajes abiertos cualquier jinete puede compartir la afirmación del escritor alemán Von Bodenstedt, para quien las mayores alegrías de la vida se tienen sobre un caballo.

Puszta en húngaro sugiere "vacío". Ahora el vacío es más patente que en otro tiempo, si bien a caballo es imposible pensar en el paisaje como algo ausente. A caballo, uno forma unidad con lo visible y lo invisible. Ahí está el parque nacional Hortobágy, con la cuna de los nonios, Máta. Ahí están los maizales, el trigo, las grullas, las cigüeñas, los pozos, el espacio infinito, el horizonte improbable, pero ¿y la gente de la Puszta?, ¿qué ha sido de aquella vida innumerable que poblaba lo inexistente? En los últimos decenios, el vacío se ha adueñado del vacío en beneficio de las ciudades. Hay que buscar los caballos en Internet. O preguntar en las aldeas medio dormidas.

Lovas (caballo) y fürdo (balneario) son para mí las palabras esenciales de la Puszta. Si todos esos bañistas indolentes y sabios que se relajan bajo las cúpulas o a cielo abierto tuvieran un caballo, al salir del fürdo cada uno regresaría feliz a casa, susurrando en los oídos de su lovas. Los nonios tienen la estatura justa, como la temperatura de las aguas termales. En Máta pueden montarse por los senderos del parque. La mañana es el mejor momento para observar a caballo el vuelo de las muchas especies de aves que albergan los humedales y escuchar sus chillidos y cantos.

Golondrinas en la cuadra

Además de los nonios, la yeguada húngara comprende los felver, los furioso y los kisbéri, todos criados con sementales purasangre. Al sur, casi en territorio rumano, en Mezöhegyes, vimos las antiguas caballerizas imperiales rodeadas de altos robles. Había esbeltos sementales de ancho cuello dignos de un oficial de húsares. Dos mozos trajinaban paja con horcas en las altas cuadras sobrevoladas por gráciles golondrinas que hacen allí sus nidos. Este centro de cría es uno de los lugares míticos de la tradición equina magiar, junto con Máta y Bugac. Durante las guerras napoleónicas, la yeguada de Mezöhegyes entregaba al ejército 13.000 caballos al año.

En Bugac, como dice el verso de Petöfi, "resuenan las pezuñas entre los gritos / y el chasquido del látigo". En el más famoso centro caballar de la Alfold montamos dos nonios de trato suave. Corría una brisa que atemperaba el calor de la tierra. Allí el llano se permitía algunas modestas hondonadas con charcas y juncos. El terreno, arenoso y seco, amortiguaba como la seda el golpeteo de los cascos. Trotamos en algunos caminos que discurrían entre espigas bajas. Veíamos a lo lejos las carretas conducidas por cocheros ataviados con pantalones bombacho blancos, botas altas de cuero y brillante chaleco azul. Bajamos una ligera pendiente sobre un terreno en barbecho y de repente dejamos de ver cualquier signo de vida, en la tierra y en el aire. Hacia el este, una línea brumosa pretendía ser el límite de algo que se formaba desde hacía siglos. Fue entonces que mi montura se detuvo en seco a observar y escuchar, respiró hondo, dio un brinco y se lanzó hacia delante, como para corroborar aquello que decía Von Bodenstedt acerca de la felicidad a caballo.



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