En busca del caballo ideal (1)



Por: Manuel Jiménez Benítez
Ingeniero Agrónomo


Aspectos generales I

 Creo, sin temor a exagerar, que los aficionados al caballo nos pasamos la vida entera buscando a nuestro caballo ideal. A veces, los que tienen suerte encuentran animales que se acercan mucho a ese modelo que anhelamos. Cuando así sucede se hacen los mayores esfuerzos para obtener descendencia de ellos, en la que se mantengan o mejoren esas características que tanto nos gustan. Pero eso no es fácil ya que, en las especies dotadas de reproducción sexual, los hijos son consecuencia de unas combinaciones de los genes de los padres que, por lo menos por ahora, no podemos dirigir más que en una pequeña proporción.

Lo que quizás podamos convenir entre todos es que el caballo ideal es a su vez un concepto ideal, una utopía a la que nunca se puede llegar. Aún así, cuando menos es una bonita aventura buscarlo. De cualquier forma también hay que añadir que, a diferencia de un tesoro concreto que para todos tiene básicamente el mismo valor, el caballo ideal varía mucho según quien lo busca. Es distinto para cada uno de nosotros aunque esa diferencia entre unos y otros pueda ser pequeña o sustancial. Es un concepto que puede ser a su vez muy dinámico o variable.

A todos los que nos hemos relacionado con caballos nos suele ocurrir que un caballo que a priori nos parece “nuestro caballo” se nos va poco a poco desmoronando y no responde a nuestra pretensión. Aparecen rasgos morfológicos que no habíamos percibido inicialmente y explican los fallos funcionales que vamos encontrando. A cambio, otras veces, animales que nos dicen poco, inicialmente, nos van ganando el corazón a medida que vemos su armonía morfofuncional y nos enamoramos de ellos. Con eso se nos va configurando una idea de “nuestro caballo ideal” sin duda variable, aunque siguiendo una línea de progresión hacia el entendimiento global de lo bello.

En las próximas líneas nos proponemos exponer unas ideas sobre los distintos aspectos que nos pueden guiar cuando evaluemos un caballo, cuando de una u otra forma queramos valorarlo por alguna razón, aunque solo sea por el ejercicio personal al que nos lleva nuestra afición. Para poder hacer esa valoración hemos entendido que lo más adecuado es ir descendiendo desde lo más global hasta lo más concreto, como si quisiéramos ir modelando una figura desde la masa informe de alguna materia. Es inevitable que nos venga ahora a la memoria aquella leyenda beduina que atribuía la creación del caballo a un soplo divino sobre el viento del sur, queriendo con ello mostrar la ligereza como principal rasgo distintivo del caballo.

Se ha escrito mucho, y a veces muy bien, sobre la belleza del caballo y han surgido, como cada vez que se habla de la belleza en general, las diferencias de opiniones e incluso las discusiones acaloradas sobre ello. Sin entrar en opiniones acerca de la belleza de tal o cual raza respecto a otra (que ha constituido uno de los errores más usuales) creemos más acertado buscar en cada una de ellas las mejores proporciones y las características que las hacen bella dentro de su modelaje. Se ha dicho con toda razón que “la belleza es una cualidad de relación, por la cual un caballo manifiesta claramente la perfección que encierra toda su raza”.

Sin duda hay algo que afecta a nuestras fibras más sensibles para emocionarnos al contemplar una forma animal que nos apasiona y que es similar a lo que ocurre con otras tantas formas de apreciar tal o cual belleza que conmueve el alma. Pero en los seres animados la belleza se observa en algo más que en la forma. Ahí están la nobleza, la expresión.

Desmond Morris utiliza términos como éstos:

 “aristócrata del reino animal”, “mezcla mágica”, “irresistible combinación de porte altivo por un lado y servidumbre hacia nosotros por otra”, para referirse al caballo.

Además hay otro aspecto diferenciador de la máxima importancia: la relación con el uso al que se destina, que nos llamará más la atención en tanto seamos usuarios de tal o cual tipo. Es lo que denominamos como funcionalidad. Reproducimos a continuación un párrafo muy ilustrativo respecto a la manifestación de la belleza y su relación con la funcionalidad, extraído de la introducción al “Exterior de S. De la Villa” que realizó Miguel López Martínez (1885):

“Hoy es opinión general en Alemania, de la cual participan por igual los aficionados indoctos y los autores zootécnicos de más fama, que la manifestación de la belleza varía al infinito, que la regularidad de las formas no está sujeta a una regla única, que la armonía de las partes del cuerpo es tan diversa como la hermosura, a causa de la compensación que puede haber entre ellas, y que es natural que siendo distinto el servicio que ha de prestar cada raza, distinto ha de ser el tamaño de su esqueleto, distinta la disposición de sus músculos , distinta la normalidad de sus líneas, y distinto por consiguiente su tipo de belleza.”

Del por qué el caballo es como es -Lo que iguala

Hemos pensado que lo mejor para aprender a evaluar correctamente un caballo es empezar por estudiar aquello que le iguala a los demás miembros de su especie. A partir de ahí podremos después analizar las causa de la variación entre ellos, lo que indudablemente nos llevará más tiempo, ya que es la razón de este trabajo. Y si hemos decidido por empezar a decir algunas cosas sobre “lo que iguala”, qué mejor que hacer el encuadre zoológico, es decir a tratar al caballo como especie. El caballo pertenece a la especie Equus caballus, que a su vez puede ir agrupándose dentro del reino animal de la siguiente forma:

Género: Equus Familia: Equidos Orden: Perisodáctilos Subclase: Euterios Clase: Mamíferos Subtipo: 
Vertebrados Tipo: Cordados Reino: Animal

Como resumen de ello y distinción del caballo de los demás animales, descendiendo desde el hecho de su pertenencia a los mamíferos, podemos decir que:

El caballo, por ser mamífero, dispone de pelo por todo el cuerpo y sus crías se alimentan de la leche que producen las madres. Por ser euterio, que es equivalente a placentario, las hembras desarrollan su gestación mediante una placenta.

Por ser perisodáctilo sus extremidades terminan en un solo dedo rodeado de material duro que forma el casco, lo que le configuró en su día para que su ventaja evolutiva estuviese en la carrera.

Los distintos equus mantienen aún una proximidad evolutiva, de tal forma que son posibles sus híbridos, como el mulo (entre el Equus caballus y el Equus asinus), si bien esos híbridos son interestériles.

Y llegados a este punto conviene aclarar el concepto de especie con el que empezábamos clasificando al caballo. Así, habrá que señalar que la especie es el conjunto de animales que se pueden reproducir entre sí transmitiendo lo básico de sus características a su descendencia. Cierto es que la frontera de lo que es especie o género, por arriba, y subespecie, por abajo, a veces no está tan clara y ha originado y origina no pocas discusiones. A nuestro nivel práctico podemos indicar que las diferentes especies del género equus no dan descendencia fértil al hibridarlas, aunque existen algunos casos excepcionales. Schicks, cónsul de Holanda en Murcia en el siglo XVIII, refería a Buffon seis productos dados por una mula, si bien todos morían jóvenes, con pocos meses de edad (al parecer uno superó los dos años). Por debajo de la especie quedan posibles subespecies que prácticamente pudieran ser clasificadas como especies distintas. Este sería el caso del Equus caballus przewalskii que a veces ha sido considerado como Equus przewalskii, subiéndolo de categoría taxonómica, lo que es lógico, mucho más si se tiene en cuenta que dispone de 33 pares de cromosomas cuando el caballo tiene 32.

Más abajo de la especie y de la subespecie queda el concepto de raza, bien diferente a las anteriores, ya que animales de distintas razas se cruzan entre sí sin ningún problema, manteniéndose en su descendencia las características básicas de la especie, mientras se producen variaciones y segregaciones en las demás características, las que definen a las razas. El concepto de raza y el análisis de éstas nos interesan mucho para nuestro objetivo ya que la pertenencia de los animales a las distintas razas es una de las razones de homogeneidad o parecido, o bien de variación. Además de lo que ya hemos apuntado referente a cómo es el caballo en cuanto a especie globalmente considerada, hay que hacer aquí otros apuntes que nos ayuden a entenderlo en toda su esencia. Así podemos decir lo siguiente:

El caballo es un atleta cuadrúpedo, con una gran capacidad para la carrera, en la que es capaz de desarrollar velocidad, resistencia o una mezcla de ambas, según las razas. Los mayores niveles de velocidad registrados se encuentran en torno a los 65 Km./h, pudiendo incluso alcanzar los 70 Km./h, en carreras de escasa distancia (cuarto de milla). Pero si esto nos parece poco, podemos pensar en su velocidad de entre 40 y 45 Km./h en pruebas de 5-10 Km., o en los más de 20 Km./h que se mantienen en pruebas de raid.

Otra de las características que permiten al caballo huir del posible depredador es su buen ángulo de visión, que le hacen abarcar casi el círculo en torno a él. Solo se le escapa una zona justo detrás y otra delante, debido a la lateralidad de los ojos, siendo el área barrida por su visión, con la cabeza suficientemente levantada, de unos 320º.

 Es un herbívoro monogástrico cuyo estómago no es tan voluminoso como el de los otros herbívoros no tan veloces (un estómago de mucha capacidad podría limitar las funciones de velocidad). A cambio, para digerir bien la fibra, tiene un largo intestino delgado y un ciego con buena capacidad de síntesis de determinadas vitaminas del complejo B. Sus hábitos alimenticios le llevan a estar comiendo muchas horas a lo largo del día, si se encuentra en régimen de pastoreo (casi dos tercios del día). Si por el contrario se encuentra sometido a una alimentación con concentrados dependerá del número de veces que le aportemos su pienso, lo que como mínimo debería ocurrir tres veces al día. Otra posibilidad la encontramos en acostumbrarle a consumir despacio un pienso ofrecido ad libitum, si bien en ese caso dicho pienso no debe ser muy alto en energía. Para una alimentación ad libitum es esencial la disponibilidad de forraje de calidad y apetecibilidad, lo que suele estar relacionado.

El caballo no es un animal dotado de gran inteligencia, teniendo sin embargo una importante memoria, razones en las que estriba una de sus principales condiciones para ser domado y adiestrado. Desmond Morris lo considera bastante inteligente, si bien entendiendo a la inteligencia como una cualidad íntimamente ligada a su condición evolutiva o adaptación, por la que precisamente se encuentra unida a su gran memoria y reactividad.

Además estamos ante un animal de una elevada sociabilidad, lo que el hombre ha sabido aprovechar en su beneficio y lo que en parte explica su entrega en la doma, debido a la relación que el hombre suele saber establecer con él. A veces la sociabilidad se convierte en un problema, lo que ocurre cuando un caballo no soporta la separación de otro con el que se encuentra muy hermanado. Es cruel no permitir las relaciones entre animales, pero también es importante saber hacerles admitir la separación. El caballo tiene una talla muy variable, desde el pequeñísimo Falabella hasta el enorme Shire. Su edad reproductiva empieza en torno a los 30 meses y la vejez llega entre los 20 y 25 años, aunque hay caballos que superan los treinta años.

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