Carolina Mateu: transmitiendo el amor por los caballos


Dirige la Escuela Municipal de Equitación y enseña a niños y adultos a comunicarse con los animales. La infancia en Córdoba y el día a día lejos de la tecnología y la televisión


La Quinta Ecuestre está situada en el Barrio Ciclón. Basta cruzar las vías y hacer dos cuadras para encontrarse con este cálido espacio natural donde los caballos son los protagonistas. La pasión de Carolina se vive en cada rincón y sus enseñanzas están llegando cada vez a más villeguenses. Niños y adultos van día a día a contactarse con los caballos de una manera sana y llena de energía; esa bien pura que fluye del contacto con los animales y la naturaleza.  

Carolina, ¿de dónde sos?Nací en San Antonio de Areco pero al año ya nos fuimos a vivir al campo, en General Levalle, Córdoba. Es un pueblo muy al sur de Córdoba, es una zona que está bastante olvidada, no somos ni de acá ni de allá, es todo llanura y pampa. Mis mejores recuerdos son con mis hermanos que además son como mis mejores amigos. Somos una familia grande y nunca te sentís solo. Éramos siete hermanos, ahora somos seis, y siempre los caballos y el deporte nos unieron un montón. Mi papá nos influyó desde el atletismo y mi mamá con los caballos, aunque mi padre también cría caballos. Así que todos los fines de semana eran con torneos de atletismo o de equitación y a fin de año íbamos a los nacionales.

¿Cómo era un día de la vida en esa infancia campestre?
Era ir todos los días en la camioneta muy temprano a esperar en la Dirección para entrar en la escuela porque vivíamos a 17 kilómetros; algunos hermanos iban a Primaria y otros aguardábamos hasta que abriera el Jardín. Recuerdo esas esperas, hasta que un momento mi mamá se hartó un poco y dijo ¡nos mudamos al pueblo! Eran muchas idas y venidas. La infancia fue muy linda porque ibas a la escuela a la mañana y después estabas toda la tarde jugando en el campo, con los petisos, haciendo casitas, la verdad que criarme en el campo fue lo mejor que recuerdo de toda mi vida. Y cuando fuimos al pueblo empezamos a hacer más actividades como inglés, un poco de atletismo de alto rendimiento porque podíamos entrenar todos los días, pero siempre con los caballos. Nuestra segunda casa era el lago, uno muy lindo que hay en Levalle, y ahí mi mamá empezó a hacer la pista de equitación.

Contanos de tu mamá y este amor por los caballos?
Creo que un poco tiene que ver con su sangre, mi mamá, María Isabel Kelly, es de sangre irlandesa, ¡y el irlandés viene de la mano con el whisky y con los caballos! (risas). Mi mamá cuando era chica se quebró las dos muñecas, era bien salvaje y siempre quiso hacer equitación. Pero se casó chica, a los 22, tuvo siete hijos y su vida fue criarlos hasta que se ve que tenía esa meta fija y pudo empezar con la equitación. Hoy en día la escuela que fundó mamá formó a una de las mejores jinetes del país en primera categoría que es una chica que hoy en día lleva a sus alumnas a competir a Venezuela y ha hecho de Levalle y la pista un lugar muy conocido al que van los mejores jinetes del país a dar clínicas.

Hoy en día cuando hago torneos acá si no viene mi mamá ¡se suspende! Porque ella organiza el armado de pista, ayuda a la jueza y es el comodín de todo el torneo. El fin de semana pasado hicimos uno y vinieron a ayudarme mi mamá y mi papá, conocen cómo es la movida y tienen tantos años de experiencia. Fue un sacrificio económico para que las cinco hijas podamos ir a equitación.

¿Quién las instruyó?
Julia Daneri fue nuestra primera profesora, la de mamá y la de nosotras. Yo en ese momento tenía cinco años y todavía no me dejaban montar así que iba a las clases a ver. Después un militar de Laboulaye, César Madelone, que iba dos veces por semana. Y cuando me fui a San Antonio de Areco tomé clases de adiestramiento con un chileno. La equitación se divide en salto y adiestramiento, y éste es muy importante para el salto; no hay salto sin adiestramiento. Y ahí empecé a trabajar en Haras, a domar y variar caballos de carrera que es  algo que seguí haciendo acá en Villegas.

Así que arrancaste en tu infancia y nunca más cortaste?
Sí, hubo un corte cuando me fui a estudiar Diseño Gráfico a Buenos Aires. Pero enfrente de la Universidad estaba el Hípico Argentino, así que yo me cruzaba en bicicleta por toda la Lugones y me iba de la UBA al Hípico donde dábamos clases con mi hermana para chicos chiquitos, Pony Club. Pero me costaba ver lo de los caballos como algo más allá de un hobby. Yo pensaba que había que estudiar una carrera y no existía un Profesorado de equitación, nació hace poco. Y pensé que en mi casa iban a querer que yo llevara un título. 

Ellos nunca nos pusieron un mandato pero todos los hijos siempre nos autoexigimos demasiado. Porque mis papá querían que nosotros fuéramos felices y les daba lo mismo, pero nosotros éramos los estrictos. En ese tiempo quedé embarazada, soy madre soltera, así que se me corta un poco todo y no monté más por cuatro años porque mi vida se abocó a mi hijo Juan, a criarlo. Pero luego me salió una oferta en San Antonio de Areco para dar clases de equitación y empecé a ver que realmente tenía una veta laboral. Al principio no me fue bien, vivía en la casa de mi abuela, no ganaba nada, mis padres me ayudaban pero veían que estaba seriamente metida con el tema de dar clases así que me bancaron. Y luego me vine a Villegas. No sabía si continuar aquí con las clases, al principio fui a Aderid, me presenté por equinoterapia y me llamaron cuando abrí la escuela en La Lucila. Allí me contactaron enseguida y no desaproveché la oportunidad. Pierre Courreges fue el primero que arrancó con todo esto y realmente me abrió las puertas. El destino me ayudó y decidí alquilar esta quinta para poder trabajar y vivir en el mismo lugar y estar más tiempo con mi hijo. Y es como que ahí entendí cómo cuando pasan los años uno va encontrando distintas metas, y cuando me vine a la quinta me dí cuenta que no me bastaba con dar clases: lo mío era vivir con los caballos. Desde que nos mudamos acá no tenemos tele ni internet, tratamos de conectarnos más con la naturaleza para poder estar más en contacto con el caballo. Si uno se llena de imágenes, de tecnología te vas alejando de la comunicación natural con el caballo. Hay que tener muy en cuenta el clima, sentir la tierra y el aire y así poder sentirse más cerca de ellos. Además y pese a que trabajo todo el día porque vivo donde trabajo, puedo estar más con Juan, y al gustarme tanto esto es mi modo de vida.

Armaste tu lugar?
Sí, y no creo que pueda volver a vivir en el pueblo.

¡Y eso que no estamos hablando de una ciudad grande!
Sí, ¡pero me da mucha claustrofobia el asfalto!

¿Cómo interfiere una vida agitada en el contacto con el animal?
Si vos te ponés a pensar los grandes domadores que hacen doma india o doma racional viven en el medio de una montaña y por ahí andan siempre con la misma ropa y parecen aborígenes. Tenés que estar aislado realmente de todo, y no es que te aislás de la realidad, yo creo que cada uno forja su realidad en esta vida. Y trato de ayudar a la sociedad y de estar en contacto con ella por medio de los que yo sé, con los caballos, y pensar qué experiencia le puedo dar al chico que luego le sirva en su vida por medio de los caballos. 

A mí me sirvió muchísimo la competencia, el deporte, no salir los fines de semana y tratar de concentrarme; el atletismo es exigencia, la equitación es entrenamiento, la comunicación con el caballo se trabaja. Y eso lo puedo ver ya en mis alumnos de cuatro años, veo comunicación entre el jinete y el equino, realmente se entienden. Con el caballo hablás con el cuerpo, entonces tenés que estar muy atento, muy despierto.

¿En qué consiste la equitación?
La definición es la perfecta comunicación entre el jinete y el caballo. Es enseñar cómo hacer para que el caballo te responda con el mínimo movimiento de tu cuerpo. Volvemos al caballo sensible, cada movimiento de talón, de los dedos en las riendas va a ser un pequeño tirón y va a responder a eso. Es tratar de no agredirlo, de no pegarle tirones o fustearlo, es tratar de comunicarse con el mínimo movimiento y que el caballo disfrute. Nosotros no tenemos caballos de salto, algunos vienen del polo o de las carreras, y acá rejuntamos todo, y tenemos que tratar que le guste saltar. Entonces no podamos retarlos o exigirlos, tenemos que ir de a poco, con mucho premio, que se sientan que están bien cuidados y atendidos. El caballo entiende todo esto. Entonces acá aprendemos todos juntos, como profesora me siento muy contenta con lo que estamos logrando aunque tengamos una competencia base porque saltamos hasta un metro, que no es poco pero para saltar más de eso necesitás caballos de sangre y salto, porque si no arriesgás mucho al chico, porque el caballo no va a solucionar un problema, no tiene esa genética y espíritu.

¿Cuánto llega a saltar un caballo de este tipo?Y, en primera categoría un metro sesenta. Así que lo que hacemos acá es todo muy campero. Lo que enseño es un poco mi experiencia de vida, cómo es vivir con los caballos y trabajar con ellos. Los chiquitos les dan de comer, los agarran, los conocen, son sus amigos y se saben los nombres de todos los caballos de la quinta. Y también es mucho tiempo de juego porque jugando se aprende, a los más chiquitos no les puedo exigir posturas ni dos manos. Pero los más grandes cada vez me van pidiendo más exigencia, yo voy viendo qué es lo que necesitan; también vienen profesoras de otros lugares para dar clínicas. También doy clases para adultos y tengo grupos de madres. Resultó muy bueno porque hay gente que se quiere sacar el miedo de malas experiencias. Además es algo relajante venir a andar a caballo. Le he enseñado a andar a caballo a gente que nunca se había subido a uno.
Una de las cosas que quiero destacar es que desde que estoy en la quinta Oscar Álvarez vino a buscarme y me ofrecieron ayuda para fomentar el deporte y hacer la Escuela Municipal. Yo no tenía idea porque trabajaba sola y se formó un grupo muy lindo de padres y una comisión. En el parque se está haciendo todo el predio así que superó todas mis expectativas. Porque con esto el deporte va a quedar en el pueblo, más allá de que esté yo o no. La escuela está creciendo y tengo pensado traer una chica para que me ayude el año que viene.

¿Qué cantidad de alumnos tienen las clases?
Depende de las edades. Nunca tiene que ser más de cuatro porque se pierde la enseñanza y tenés que esperar mucho entre los ejercicios. Y los más chiquitos vienen de a dos porque tengo que estar cerca y con muchos ojos, cuando ya tienen seis u ocho empezamos con clases de a tres. 

Por suerte cuento con caballos mansos y se mantienen en el espacio de las instalaciones. Igual también hacemos mucha cabalgata porque me interesa mucho salir además van más atentos a las reacciones del caballo. Siempre los chicos pueden llegar a tener una experiencia de caída, cada vez menos. Es un momento que a veces asusta pero se levantan rápido y no se enojan jamás con el caballo. Ellos tienen que entender que muchas veces son situaciones que uno no puede manejar y eso los hace más despierto. Y después de una caída cambiás, ya te subís al caballo con otra atención porque sabés lo que puede pasar. El tema es superarla y por ahora siempre lo vienen logrando.
Y me ayuda mucho que me gustan los chicos, me encanta porque ellos siempre vienen de buen humor y es un lugar donde siempre disfrutan un montón. Así que me gusta ser didáctica, cambiar las situaciones, proponer juegos. Ver cómo disfrutan los niños la vida y el juego es algo que me ha mantenido siempre con un espíritu joven.

¿También te dedicás a la equinoterapia?Sí, en Aderid, soy guía de caballo y ayudo con el tema de tenerlos en el momento de la terapia y estar atenta a ellos. Es algo muy lindo y amplio, se necesitan muchas cosas, mucha gente, hace cuatro años que hace. Por ahí se necesita más gente voluntaria, instalaciones, no es algo imposible, me gustaría poder abrir mi escuela y hacer un espacio para ayudar, podría hacerse. Y es lindo de que parte de tu trabajo sea voluntario, simplemente dar, sin recibir nada monetario a cambio. Yo tengo a muchos chicos de acá del barrio Ciclón que muchas veces vienen y me piden de dar una vueltita y siempre cuando termino las clases los llevo. O también otros vienen y piden un trabajito y después andan a caballo. A lo que realmente les interesa y quieren venir no se quedan sin andar a caballo. No me importa si pagan o no.
 
Contacto: Facebook: Escuela de Equitación General Villegas.

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