El caballo, un negocio de 361 millones al año

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Extremadura es la cuarta región en impacto económico del sector equino, que aún pelea contra su fama de elitista

ANTONIO J. ARMERO | CÁCERES

Ciento treinta y siete personas se ganan la vida en Extremadura poniendo herraduras a los caballos. Entre ellos han protegido casi 170.000 cascos, porque en la comunidad autónoma hay 42.433 animales censados, o sea, uno por cada 0,038 habitantes, más del doble de lo normal en España.

Ellos, los herradores, conocerán seguro a veterinarios, a transportistas, a profesores que cobran y alumnos que pagan por las clases, clubes con socios que abonan sus cuotas y con trabajadores en nómina, fabricantes, distribuidores y vendedores de piensos, carniceros que exponen en sus estanterías las piezas procedentes de estos animales, empresas especializadas en estructuras para picaderos, tiendas de atrezo para jinetes y amazonas, organizadores de concursos y raids, rejoneadores que miman a criaturas que luego salen a las plazas de toros con la piel reluciente... Son, unos y otros, componentes de un negocio mayúsculo, el del sector equino en Extremadura, que mueve 361.189.573 euros al año.

La cifra está, negro sobre blanco, en ‘Estudio del impacto del sector ecuestre en España’, un informe de 163 páginas repletas de gráficos de barras, quesos estadísticos y estadillos de colores que ha elaboradoDaemon Quest, del grupo Deloitte, autora de un análisis en el que Extremadura queda retratada, en varios apartados, como una de las que más peso tiene en el conjunto nacional.

«El caballo podría ser un negocio tremendo en esta región, y no lo es porque está casi todo mal organizado». El apunte es de Manuel Fondón, jinete –es subcampeón de Extremadura de doma clásica– y criador «a pequeña escala», según matiza él mismo. En lo que llevamos de año, ha vendido cinco caballos fuera de España. El último de ellos, a Chipre. «No veas el lío que es vender un caballo al extranjero –asegura–, la de papeles que hay que hacer, lo que se retrasa muchas veces el proceso porque la administración no funciona como debería; desde luego, nada que ver con la forma de trabajar que tienen en otros países de Europa».

Una tarde en un club hípico

Fondón habla con la fusta en la mano derecha, montado en uno de sus caballos, entre paseo y paseo por la pista cubierta del club hípico Monfragüe, a quince minutos en coche del centro de Cáceres en dirección a Trujillo.

Ya es julio, lo que significa que en el club hay menos chavales de lo habitual recibiendo clases. Aún así, a medida que va cayendo el sol, van llegando coches al aparcamiento, y siempre hay alguien trotando o saltando vallas en los campos de entrenamiento. Al aire libre hay una docena de caballos. Y en la nave principal, 46, cada uno en su box, la mayoría vigilando el pasillo con la cabeza por fuera.

Solo ellos, con sus relinches, rompen muy de vez en cuando el silencio de esta finca de doce hectáreas en la que el sol pega sin miramientos, y a la que Antonino Antequera va casi cada tarde del año. Algunos de los proyectos arquitectónicos más importantes de los últimos años en Cáceres (las reformas de las plazas Mayor, del Duque, de la Soledad o de Las Claras) llevan su firma, pero su pasión son los caballos. Los monta desde que era un crío.

Por descontado, conoce el estudio de Deloitte, y no le extraña en absoluto esa cifra de 361 millones de euros que mueve el sector ecuestre en la región. «El informe –apunta Antequera– pone de manifiesto que esto no es un capricho de ricos, sino un sector económico de primer orden, con un potencial brutal en esta comunidad autónoma, que aún no ha sabido sacarle todo el provecho que podría».

Tal como él pone encima de la mesa, el estudio incluye números que ilustran sobre la importancia de la región en el panorama nacional. Además de la cuarta en ratio de caballos por habitante, Extremadura es la segunda en número de explotaciones, con más de 19.000. Y en el dato más llamativo, el del impacto económico total, también figura a la vanguardia. Esos 361 millones de euros anuales solo los superan Cataluña (371 millones), Castilla y León (522) y Andalucía (1.720), que es líder destacada en todos los órdenes.

«El sector ha cambiado mucho en la última década, se ha profesionalizado, pero aún nos falta una cultura del caballo como deporte que sí tienen en otros países», reflexiona Juan de Dios Vargas, profesor en la facultad de Veterinaria de la Universidad de Extremadura y miembro de la junta directiva del club hípico Monfragüe. Él es de los que ha leído con detenimiento el estudio sobre el impacto del sector en España, y aunque aprecia «un exceso de estimaciones», cree que la cifra de lo que mueven los équidos en la comunidad autónoma se acerca a la realidad.

Él conoce bien el mercado porque aparte de montarlos, también vende caballos. Y los compra. De hecho, es el dueño del primer potro nacido en el mundo a partir de un clon. «No lo sabía, me enteré después», aclara el veterinario, que compró el semen en Bélgica y que cría a su ejemplar en la finca extremeña de un amigo. «Los precios estaban inflados, y la crisis, que ha castigado de forma muy importante al sector, ha motivado que bajen mucho».

La venta de caballos constituye una de las patas que sostienen la economía de lo ecuestre, en la región y en el país. «En Extremadura hemos puesto todo el acento en la cuestión morfológica, cuando lo que da dinero es el caballo como deporte», tercia Manuel Fondón, que opina que «el caballo como ganadería no está lo suficientemente organizado ni promocionado ni protegido». «Además –apunta Vargas–, aquí hemos puesto mucho el foco en el pura raza española, que no es precisamente el mejor para el deporte».
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Poca cultura deportiva

Ahí, en la cuestión deportiva, todo pasa por los organismos que regulan las competiciones. «Es indudable que la necesidad social de practicar deporte al aire libre ha aumentado en los últimos años, y también hay más interés por hacerlo con animales, y ahí el caballo está en primera línea de salida», analiza Juan Manuel de la Iglesia, director técnico de la Federación Extremeña.

En este apartado, a la región le queda un largo camino por recorrer, ya que solo tiene 14 clubes hípicos federados y tres no federados, según el estudio de Daemon Quest, que incluye datos referidos al año 2011. Muy lejos quedan Andalucía o Galicia, con 214 y 114 federados, respectivamente. Y lo mismo pasa al analizar los datos sobre concursos celebrados, donde la comunidad vuelve a ocupar un lugar en el furgón de cola, a excepción de los certámenes de doma vaquera.

Quizás tenga algo que ver en este apartado la etiqueta de elitista contra la que aún pelean quienes se mueven entre caballos. Lo asumen. Y se rebelan. «Cualquier deporte, practicado de modo profesional, es caro, y la hípica, en ese sentido, es como el resto, pero también es como los demás en un nivel amateur, es tan asequible o tan caro como el tenis, el ciclismo o salir a correr», comenta Juan de Dios Vargas.

Valgan como referencia los precios del club al que él pertenece. A quien mañana le apetezca tomar unas clases en el club hípico Monfragüe, 56 euros al mes le dan derecho a una lección semanal de entre cincuenta y sesenta minutos. El precio de cada clase baja si en vez de una lección a la semana son más: 100 euros por dos clases, 130 por tres y 170 por cuatro. Son tarifas para quienes no tienen caballo. Si el alumno pone el animal, se paga menos. Y si se quiere que el équido viva en las instalaciones del club, la cuota son 115 euros mensuales si vive en un cercado al aire libre y 156 si se opta por un box dentro de la nave. Además, los socios temporales pagan 106 euros al mes. Los socios accionistas abonan una cuota que no llega a la mitad de esa cantidad, pero hay que tener en cuenta que en su día compraron acciones.

De 250 a 300 euros al mes

«Mantener un caballo cuesta entre 250 y 300 euros al mes», calcula Jesús Ruiz Subirán, que al llegar a la mayoría de edad dejó los estudios, se juntó con un amigo y se hizo herrador, profesión de la que lleva viviendo dos décadas. Cobra cincuenta euros por caballo herrado –o si se prefiere, 12,5 euros por casco–, y además, ejerce como criador y como corredor de raids. «Este sector –dice Ruiz– ha sufrido mucho la crisis: los caballos ya casi no se usan en ganadería, son un capricho, y lo primero que se quita la gente cuando la cosa va mal son los caprichos». «Hace diez años –continúa– hubo un boom, pero desde hace tres años las ventas de caballos han sufrido un batacazo y desde hace tiempo, hay empresas que lo están pasando muy mal».

Tanto, cuenta él, que no es difícil encontrar a quien regala caballos para ahorrarse los gastos que supone mantenerlos. «Hay quien se compró uno pensando que es como una moto, que si no puedes o no te apetece usarlo, lo dejas aparcado en el garaje, pero el caballo no es una moto, al animal hay que cuidarlo a diario». Él lo hace, como requisito imprescindible para competir en raids. «Eso es sobre todo un hobby, al cabo del año corro tres o cuatro importantes y ocho o diez para entrenar», cuenta Jesús Ruiz, que asegura que «las ventas de caballos no dan muchas ganancias, con lo que pueda sacar de una buena venta, pago lo que me han costado los años de crianza». «Extremadura y el Alentejo portugués –concluye– están nutriendo de caballos a quienes compiten en raids, y las ventas las están salvando ahora los árabes, habitualmente a través de intermediarios».

En cierto modo, cuenta él, este aspecto de la hípica guarda un paralelismo con el fútbol, en el sentido de buscar un buen caballo cuanto más joven mejor y mimarlo pensando que años después sea una figura y su venta reporte una ganancia suculenta en un solo contrato.

Una mecánica de trabajo muy diferente a la de quienes viven del turismo ecuestre, como Vidal Carreño, del centro ecuestre Dehesas Extremeñas, en Navalmoral de La Mata. Él ha dado continuidad y ha ampliado el negocio que empezó su padre hace casi tres décadas. «Nos dedicamos a la doma de caballos, el pupilaje, las clases de equitación y rutas, pero son estas dos últimas cosas las que más tiempo nos ocupan», detalla Vidal, que la última Semana Santa no dio abasto para atender a tantos turistas de Madrid, Cataluña y País Vasco que contrataron rutas a Monfragüe o Guadalupe.

Cambios en pocos años

«La crisis se ha notado mucho –asegura Carreño–: hay menos ventas de caballos, lo que significa que centros como el nuestro tienen menos potros para domar, y ahora tenemos unos cuarenta alumnos en las clases, que son menos de los que había hace unos años». Y hay otro factor: la competencia. «Hace quince años, en la zona solo estábamos nosotros, mientras que ahora, casi en cada pueblo más o menos grande hay alguien que vive del caballo».

Una constatación que refrenda el director técnico de la Federación Extremeña. «Hace treinta años, había un club en Badajoz y otro en Cáceres, y ahora hay uno en cada localidad importante de la región», advierte José Manuel de la Iglesia, un convencido del carácter social de la hípica. «Que el niño aprenda a montar a caballo no es más caro que apuntarle a judo o a ballet», asegura él, que como otros, admite la falta de cultura deportiva en torno al caballo, un mal que afecta no solo a Extremadura.

«En los concursos de ponis en España pueden participar unos trescientos clubes, mientras que eso mismo en Francia atrae a mil quinientos», dice De la Iglesia. Su apunte resulta ilustrativo, pero más aún lo es el de Antonino Antequera. «Estamos hablando de 361 millones de euros al año –reflexiona–, que es casi tanto como la caza y, sin embargo, el ecuestre es un sector que parece vivir como de tapadillo».

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